España, Francia, Bélgica y Alemania son algunos de los países que registran los decesos, y ya el impacto se hace sentir en la economía, no solo por los altos precios que alcanza la miel, de consumo tradicional en Europa, sino también por los efectos visibles en la agricultura y el medio ambiente.
En Alemania la producción de miel ha disminuido considerablemente en las últimas semanas, tras encontrar los apicultores muchas colmenas vacías y apreciar cómo miles de abejas están muriendo en los campos por causas desconocidas.
En este país, que hace cien años tenía unos cuatro millones de abejas, hoy se estima que la cifra no rebasa los 800 000 ejemplares, según explicó a la prensa Manfred Hederer, jefe de la Asociación Alemana de Apicultores, quien apuntó que «las colmenas están simplemente vacías, las abejas mueren fuera o vuelan y el resultado es una colmena totalmente vacía».
En el extremo occidental de Europa, en la península ibérica, la situación no parece ser muy diferente para las abejas, que también fallecen por miles en España, tradicional productor y exportador de miel.
Ya la Asociación Gallega de Apicultura (AGA), comunicó que las muertes afectaron recientemente a lugares como Xove, Mondoñedo, Ourense o Guitiriz, donde en algunos casos se ha registrado la muerte del ciento por ciento del colmenar, aunque lo habitual es que caigan la mitad de las abejas.
Lo más curioso es que en Guitiriz, por ejemplo, murieron las abejas de colmenas cercanas a campos laboreados, pero no las de las instaladas en el monte. Aunque también se reporta que resisten los colmenares de las zonas más apartadas y poco contaminadas.
De hecho los apicultores trashumantes de Extremadura y Andalucía, muy profesionales y considerados entre los más expertos de España, han dejado de llevar sus colmenas junto a los campos de girasol, maíz y colza para regresar a los lugares con romero, tomillo o encinas.
Incluso del otro lado del Atlántico, también Argentina registró este año un descenso preocupante de la producción de miel, con rendimientos mínimos de sus colmenares, que muchos achacan al mal manejo de las colmenas, pero también a cierta «incomodidad» de las abejas, que las lleva a producir poco.
Quizá lo más curioso de todo esto es que en Francia se haya llegado al punto de colocar colmenas en ciudades, para testar la salubridad urbana, y todo indica que progresan mejor allí que en los campos sulfatados de pesticidas.